El helado
Miércoles 09 de Julio de 2008 13:17
Caía la tarde. Era una tarde de agosto, y mi mujer, mis hijos pequeños y yo estábamos sentados en un banco en una playa de Galicia. Divisábamos el mar, el horizonte, respirábamos un aire limpio y refrescante, y degustábamos unos helados que acabábamos de compar en un puesto cercano. El sitio era tranquilo y solitario. Todo destilaba paz. Era uno de esos momentos en los que a nadie le apetece hablar, uno de esos momentos llenos de sensaciones que no conviene romper con el golpeteo de las palabras: dejábamos correr el tiempo.
Uno de nuestros hijos comía su helado con torpeza, dada su corta edad, sentado en un banco, y le caían los "churretes" por ambos lados de la boca. En varias ocasiones, mi mujer tuvo que limpiarle las comisuras de los labios, la barbilla y, como no, la camiseta.
Terminamos los helados y continuamos nuestro paseo antes de volver a casa: baños, cenas de niños, cuentos, cama, y, por fin, rato de charla del matrimonio con todos acostados y el ambiente de nuevo relajado: el "descanso del guerrero" tan deseado al final del día, sobre todo cuando uno tiene hijos pequeños que tantas energías nos consumen.
Fue entonces cuando mi mujer me reveló una reflexión que había hecho durante nuestro rato de playa y helado. Y pensó en nuestro hijo pequeño y dando un salto en el tiempo, lo vio ya anciano, tal vez torpe también, disminuido en sus facultades, cayéndósele la comida de la comisura de la boca. Y le pidió a Dios que en aquel futuro lejano en el que ella ya no estaría, alguien le quisiera tanto como ella lo estaba queriendo aquella tarde y le recogiera la comida y lo tratara con cariño y supiera que aquel anciano (como todos los ancianos del mundo) fue algún día niño y tuvo unos padres que lo quisieron con locura.
Ojalá que tú y yo sepamos ver en los demás, personas que merecen todo el cariño del mundo por el hecho de ser eso, personas. Ojalá que todos tengamos familias en las que la base invisible y sólida sea el amor.
Un saludo a todos.



