Aun hay esperanza
La crisis, el gobierno, el IVA, la aptitud de la oposición, la Copa de Europa, y los centenares de sucesos diarios nublan, con más frecuencia de la que cabría esperar, la perspectiva vital de nuestras familias.
Casi sin darme cuenta hoy he ido a un velatorio. Al principio a regañadientes conmigo mismo: tampoco lo conocía tanto; aquí quien tiene que estar es fulanito, y menganito; total no se van a dar cuenta de si vengo o dejo de hacerlo; etc.
Finalmente, y tras bastantes minutos de espera, en la que he recorrido el complejo mortuorio: la capilla, los jardines, el aparcamiento, y en repetidas ocasiones el hall, me he acercado a la sala de la persona que debía velar.
Tras presentar mis respetos a los hermanos del fallecido a los que no conocía, preguntar por la viuda, que aun no había llegado, y pedir que le transmitieran mis condolencias, me disponía a irme, o más bien a huir a una ciudad llena de gente, problemas y prisas.
Pero en el camino hacia mi coche, me encontré con ella, y sus dos hijos, por cierto, uno de ellos compañero de clase de mi hijo, nexo de unión entre nosotros.
Y sí, se acordaba de mí, y su hijo también sabía quien era yo. No porque fuese importante, sólo porque era el padre de un compañero suyo.
Tras saludar a los dos chavales, me dispuse a transmitir el pésame a la viuda, y presencié simultáneamente, como los tíos acogían a estos chavales, uno de los tíos sorprendentemente joven, con emocionados abrazos.
Con esfuerzo tuve que contener las lágrimas. Esto no me pasaba antes, me estoy haciendo viejo, o más sensible, o ambas cosas.
Ante un momento tan duro como la separación de un ser querido, un marido, un padre, un hermano… no hay palabras que decir, solo acompañar con todo el cariño que sea posible.
Ya no me pesa esta parada matinal en mi día. ¡Todo lo contrario! Me pesa haber sido demasiado egoísta para dudar en acompañar a una familia en un momento así.
Hoy he aprendido nuevamente, que el único futuro a nuestros problemas viene de la mano de la familia. Por eso es tan importante ayudar a la familia, a esa en la que se nace y se muere, y te quieren por lo que eres, no por otras razones, que actualmente están más de moda, o se “matiza” a gusto de los políticos muy alejados de los mínimos rasgos de humanidad.
También aproveché para rezar por el difunto, y todos y cada uno de los miembros de su familia. Y se me ocurrió, por ese respeto que ahora tenemos a las creencias particulares de todos, que alguno de ellos puede que no crea en Dios. En ese caso le respondería que de ser así, lo hice por si se equivoca, que seguro que el gesto lo tendrá en cuenta en caso de al final exista.
Mientras existan familias como la del compañero de mi hijo, hay motivos para la esperanza.



