Hijos, sordera, autoridad, ....
Me contaban recientemente sobre un suceso dentro de la vida cotidiana de una familia:
Después de una semana de diaria discusión, donde el hijo de once años, trataba de doblegar la decisión de sus padres, sobre su no asistencia a un plan con sus amigos. Y tras darle mil explicaciones, y argumentos a lo largo de la semana. Cuando se encontraban todos los miembros de la familia en el automóvil dirigiéndose al colegio, se le dijo de forma definitiva que no. En ese momento, soltó una carga de profundidad: “teníais que estar los dos para decirme que no”. Evidentemente la autoridad de esos padres no estaba en su mejor momento, y el tiempo perdido argumentando las razones había sido estéril.
A veces según van creciendo los niños, se van quedando "sordos". Pero no es una sordera física, es más bien de otro tipo. Creo que es algo habitual en muchas familias, ya que lo decimos muchos padres de nuestros hijos.
Como consecuencia del crecimiento y su camino hacía la adolescencia, se van volviendo más individualistas, centrándose en sí mismos, autoreferenciadose continuamente para asentar su personalidad. Esta es uno de las causas de su progresiva sordera.
Por este motivo hay que ir cambiado la forma de ejercer la autoridad.
En las primeras edades, el objetivo para que los niños obedezcan nos obliga a intentar buscar el momento más oportuno, explicar lo que se debe hacer a su nivel y con claridad, y no repetir después lo que deben realizar, para que traten de conseguirlo a la primera.
En muchas ocasiones encontramos nuestros esfuerzos frustrados por diversas circunstancias. Dejándonos llevar por la tendencia a repetir reiteradamente, elevar la voz, o amenazar con una serie de consecuencias, o todo lo anterior en parte o a la vez.
Según van creciendo, les procuramos dar argumentaciones para que traten de entender el por qué, de nuestra decisión. A la par, la capacidad de respuesta de nuestros hijos es mayor. Y como consecuencia no es raro que nos encontremos inmersos en interminables discusiones, donde los chicos tratan de llevarse el gato al agua, utilizando cualquier tipo de argumentación, llegando a puntos de retorcimiento argumental insospechados.
Es indudable que es necesario proporcionar a los hijos los argumentos para que escuchen el motivo de nuestras decisiones, y así, bien en el futuro, o cuando se encuentren más tranquilos, puedan pensarlos, y eso contribuya a formar su propio criterio.
Pero también es de gran importancia que con meridiana claridad, y brevedad, sin caer en la tentación de la discusión interminable, y con la suficiente firmeza y anticipación, debemos decirle con total tranquilidad, la decisión u orden que estamos comunicándole.
Esto nos ayudará, a que en el futuro, no nos enzarcemos en estériles e interminables discusiones, donde tendremos más posibilidades que ellos, de perder la paciencia; porque normalmente nos enfrentamos a más de un hijo, y si a esto sumamos nuestras propias limitaciones, problemas cotidianos, laborales, etc...
De lo contrario, dejaremos el terreno abonado para que fracasemos en intentar que los hijos obedezcan de forma adecuada, a la vez que nos sentiremos mal, por haber levantado la voz, amenazarle o castigarle de forma injusta o desproporcionada.
¿Es fácil? No, pero tenemos que tratar de aproximarnos lo más posible.




