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¿Se quiere resolver el problema?

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Ante las salidas de tono que se está viendo en los medios de comunicación sobre el problema de los pederastas, uno se alarma ante afirmaciones tipo “le tengo ganas al Papa”.

Es precisamente este tipo de actitudes las que hacen menos creíble que realmente preocupe el problema a estas personas o medios de comunicación. Lleva a pensar que hay un odio pendiente, que ha encontrado el momento de la revancha.

Porque no se oye, “le tengo ganas al Presidente de la Federación Española de Fútbol”, por haber aparecido un entrenado pederasta. Ni “le tengo ganas al Ministro de Defensa”, por encontrar algún militar pedófilo en las diversas operaciones policiales. Tampoco “le tengo ganas al Ministro de Educación” por hallar algún profesor con el mismo vicio. Así sucesivamente en todos los estamentos sociales. Y detrás de estos, un nutrido grupo de supuestos investigadores, tratando de relacionarles con las personas que han cometido este extravío.

A la vez, suelen defender que la opción religiosa es como cualquier otra cosa, no tiene más relevancia que otros aspectos de la vida, tales como el deporte, los valores patrios, o la vocación docente.

Pero para dar rienda suelta a sus improperios, hacen hincapié en esa ejemplaridad moral que deberían mostrar por su condición.

Se puede aceptar ese agravante, si previamente y en todo momento se le concede realmente esa relevancia moral. De lo contrario manifiesta cierto tufillo.

Pero más allá de rasgarse las vestiduras públicamente ante los medios de comunicación, lo que preocupa son las victimas y el propio problema.

Y es ahí donde tenemos que ir juntos, tratando de resolverlo según nuestra posibilidades, pero con honestidad.

Porque a los padres de familia nos preocupa lo que se encontrarán nuestros hijos cuando vayan a la guardería, practiquen algún deporte en un polideportivo, salgan a disfrutar del ocio, o cuando participan de las actividades de la iglesia.

Hay muchos aspectos donde mejorar, pero como padres, uno de los más inmediatos es defender la integridad de la educación de nuestros hijos. Algo que también interesa a toda la sociedad, porque ellos, los niños de ahora, serán los futuros representantes de todos estos estamentos del futuro.

Casi nadie duda que los montañeros o los deportistas amen la actividad que desarrollan. Pero para llegar a ella, primero han tenido que sufrir las empinadas cuestas, o un duro entrenamiento. Y que en ese momento de sufrimiento, les pareciera que el esfuerzo no merecía la pena por un hipotético disfrute de la montaña o el deporte. Pero una vez lograda la meta, no solo se sienten felices y disfrutan del momento, también se consideran personas más sanas.

Este aborrecible problema siempre ha existido. Pero la falta de una mínima exigencia, -entrenamiento, subir la cuenta- en la educación afectiva y sexual de los niños, no ha ayudado precisamente a resolverlo. Más bien parece que a mayor permisividad, mayor incidencia.

Simultáneamente, el acusar como muy negativo el reprimir cualquier apetencia del instinto tampoco ha ayudado. De hecho reprimir, lo entendemos como negativo. Pero para ser más correctos, diremos que es mejor educar, para que esos instintos o apetencia se den en el lugar y momento oportuno, y con la persona adecuada.

Si una persona en su desarrollo, satisface todos y cada uno de sus impulsos sexuales en cada momento que le apetece desde que es niños, avalado y animado por los estamentos educativos o sanitarios, no podrá extrañar que proliferen comportamientos como estos, independientemente del puesto e institución que pueda representar esa persona en el futuro.

Esto no quita que sea bueno mejorar la vigilancia para que a ciertos sitios no lleguen este tipo de personas. Pero esta vigilancia hay que hacerla en todos los lugares, en el eclesiástico, militar, sanitario, educativo, jurídico, político, periodístico, etc.

Llegados a este punto, y para no alargarnos, nos queda pedir que caiga todo el peso de la justicia sobre los culpables, y sobre los que realmente los han encubierto. Y por qué no, añadir aquellos que se aprovechan de este problema para dar cancha a su odio, porque se están aprovechando ladinamente de las victimas de este problema en su “beneficio”.

Pero también reclamar que no se vulnere el derecho de los padres a dar a cada uno de nuestros hijos la educación moral que queremos para ellos. Porque nosotros sí queremos lo mejor para ellos. Que no se implante de forma unilateral, una información sexual que premia la apetencia del momento. Que es una bomba de relojería para su futuro, en este tema de los abusos sexuales, y en otros muchos como los embarazos no deseados, etc.

Las personas que detentan el poder y que imponen este tipo de información obligatoria, están haciendo un flaco servicio a la sociedad. Pero también se están haciendo un flaco servicio a ellos mismos. Porque al final alguno de estos casos les explotará en sus propias manos.

Pueden tener sus propias opiniones sobre como educar sexualmente a sus hijos, o los recursos formativos que quieren darle para su futuro. Pero no tienen el derecho a condicionar el futuro de los nuestros.

En la mayoría de las imposiciones de este tipo, los perjudicados son los ciudadanos de ahora, y los del futuro. Los que se benefician suelen tener de forma más o menos manifiesta algún interés económico. Porque curiosamente suelen tener relacionados con estos problemas, algunos bienes de consumo o servicio que prestar, que al final pagan los ciudadanos, bien directamente o a través de sus impuestos. Que es pagar igualmente, pero más caro y sin darse cuenta.

Por eso y tras las últimas actuaciones de los poderes públicos, ¿quieren, queremos realmente solucionar el problema?

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