Aprender en cabeza ajena
Ya se terminó el transito de personas variopintas en este mes de agosto por las calles de la población cercana a Madrid donde resido. Algo que resulta algo extraño para las fechas estivales en las que nos encontramos. La mayoría eran jóvenes de diversa edad, desde adolescente, a algunos que ya rozan la edad adulta.
Simultáneamente aun están recientes en mi memoria las noticias que llegaban de Londres y otras ciudades inglesas, donde también deambulaban jóvenes por sus calles.
Sorprende el contraste entre ellos. Unos tomaban las calles para el vandalismo, el atropello, el robo, y el enfrentamiento con la policía. Los otros para escuchar a diversos obispos, participar en varios actos festivos, y finalmente prestar atención a las palabras de un anciano de 84 años, Benedicto XVI. Y a la vez compartían sus experiencias, canciones y alegría con otros jóvenes.
¿Quiere decir esto que unos jóvenes son mejores que los otros? Pues no, no son mejores ni mucho menos en lo que se refiere a su condición de jóvenes. No hay jóvenes de una pasta, y otros de otra. Ambos tienen los mismos condicionantes, problemas, y frustraciones. Pero sí indudablemente en el resultado de su comportamiento.
A nuestro juicio, les diferencia el patrón vital que quieren seguir. O quizás, que unos intentan seguir un patrón vital, y otros ni lo tienen, ni lo esperan.
Dentro de ese modelo de vida que tratan de emular los segundos, está la familia como un cimiento oculto. Un pilar insustituible que sostiene esa forma de vida.
Pensar que todos los asistentes a la JMJ son hijos de familias estables es una ingenuidad. La mayoría conocemos casos donde eso ya no es así.
Pero esos jóvenes saben diferenciar entre lo que les gustaría que fuese su vida, y lo que la realidad les ha dado.
Podrían culpar al Dios de la JMJ de la ruptura familiar que han vivido en sus carnes, en lugar de aceptar que es principalmente responsabilidad de sus padres, que ejercieron su libertad personal.
Ante lo visto en un sitio y otro, parece que apostar por la defensa de la familia estable es algo sensato, independientemente que se identifique con determinadas concepciones de la vida, o ideologías.
La pregunta es ¿Y cómo se hace eso? Pregunta de difícil respuesta, sobre todo si se pretende buscar soluciones de verdad más allá del yo y mis circunstancias.
Puede que el primer paso sea reconocer y apoyar el ámbito familiar natural como algo bueno, y no mezclarlo con otros modelos, que individualmente nos interesen más a cada uno de nosotros, pero que contribuyen a desdibujar algo que construye una estabilidad social a largo plazo.
Eso no significa negar que las personas en el ejercicio de su libertad individual busquen lo que entienden como su felicidad. Pero esto no debe implicar perseguir o descalificar un modelo familiar porque no refleja nuestra personal realidad individual.
La defensa del matrimonio natural concebido como núcleo de la familia es algo básico. Y su desconocimiento o abandono es una de las mayores carencias educativas de nuestra sociedad. Que está formada por personas, que en muchos casos no se toman con la suficiente importancia este paso que habitualmente se da en la vida.
No sólo por la felicidad interna de los protagonistas de esta unión. También porque representanta la forma más directa de conocimiento de las dos formas de personas con las que tenemos que convivir día a día, hombres y mujeres.
También porque la tarea educativa de los hijos es algo en muchos momentos pesado, y no es extraño que requiera de la compañía del otro cónyuge para llevarlo a cabo sin perder los papeles.
En nuestra sociedad, y es algo que se comenta con frecuencia, un matrimonio se rompe con suma facilidad sin lucha por afrontar seriamente los problemas. Y esto establece una maliciosa dinámica.
Porque tras el matrimonio, luego se renuncia a enfrentarnos con las dificultades en la educación de los hijos.
Y en ambos casos, en el matrimonio y en la educación de los hijos, se buscan maneras para justificar nuestras renuncias sin asumir las responsabilidades, que se tienen indudablemente en ambos casos.
Al final vemos como la propia sociedad, tras el paso del tiempo y ante los hechos tan lamentables como los que vimos en tierras inglesas, es la que reclama a los padres que deben ser responsables de sus hijos, de dejarles llegar a ese punto. Cerrando un circulo vicioso donde la propia sociedad también huye de responsabilizarse de sus propios errores.
Porque los padres podemos responsabilizarnos de nuestros hijos si tenemos capacidad y libertad para darle los valores que estimamos buenos para ellos. Y si los padres son acompañados reforzando su autoridad, en lugar de desacreditarla día a día, al darle mensajes contrarios a los valores que transmiten en la escuela por criterios ideológicos.
Valores primeros como la dignidad de la persona y el respeto a los demás, particularmente a los más débiles, y a nuestros mayores, son sustituido por otros, también buenos, pero de menor entidad. Y que están relacionados con el respeto y valor de la autoridad de los padres.
El problema es complejo, y requiere la actuación de todos los actores.
De todos en general para tomarnos el matrimonio como una maravillosa aventura, pero con dificultades, que llevan al compromiso previo para superarlos.
Los matrimonios para educar a los hijos sacando lo mejor de nosotros mismos, que es nuestra unidad y cariño.
Y de la sociedad, para dar de verdad la responsabilidad de la educación a los padres, al proporcionarles la libertad de educar a sus hijos en unos valores que son buenos para los niños, porque los pares tratan de dar lo mejor a sus hijos.
Para termina, cabe la tentación de oír la palabra “sociedad” sin inmutarse, hueca y carente de contenido. Pero en ella estamos incluidos todos.
Particularmente los políticos, funcionarios y servidores públicos, que pueden hacer mucho para construir una sociedad mejor, si realmente son eso, servidores públicos.



