Suspenso a final de curso
Creo que la situación actual de la sociedad española se puede comparar a un alumno que recibe suspendidas todas las asignaturas.
En economía hay cientos de titulares que van en este sentido. Poco hay que ampliar. A día de hoy, nadie sabe ni cómo, ni cuando se va a salir de la crisis. Sobre todo porque nadie quiere contar la verdad. ¿Por qué hemos llegado a lo que hemos llegado? Vemos como uno y otros, sacan nuevas trapisondas, para que nadie pueda tener un atisbo de conciencia culpable, y mientras sin solución a la vista.
En la libertad de educación, un conjunto de leyes educativas o sanitarias, imponen cómo y cuando, deben pensar o hacer los niños, a gusto del político de turno. En lugar de enseñar a aprender, razonar y respetar la autoridad de sus profesores y padres. Si no respetan a estos, ¿cómo se pretende que respeten cualquier ley o compromiso en el futuro?
Da igual el sentido de derechas o izquierdas, los unos dicen que es culpa de los otros. Y los otros como los unos lo hicieron, pues yo tengo que hacer lo mismo que ellos hicieron. Yo sí que puedo, porque yo sí que tengo razón.
¿Los padres? ¿Dar libertad a los padres? Que se callen y no molesten, que estos se quejan porque están realmente manipulaciones por los otros.
El fracaso escolar nos deja en un paupérrimo puesto en calidad de enseñanza. La exigencia es un extraño que no está invitado en el sistema educativo. Muy relacionado con los valores que se intentan vender en la educación: “Has lo que te apetezca, que total, da igual. Y como yo te lo doy más fácil, ¡yo si que molo! “
Sobre el estado de las autonomías y municipios, parece que el que más gasta, más manda. Porque lo “importante es mandar”. No servir al ciudadano con sentido de responsabilidad y de futuro.
Todo lo anterior lleva al camino fácil de la corrupción.
Sin resortes morales, imponiendo a los demás la ideología que le cuadre al político de turno. A personas sin capacidad de aprender, razonar o discrepar. Con un fracaso escolar que nos impide ir por camino del esfuerzo, y donde lo importante es mandar y tener poder. En esta situación ¿quién se librará de la corrupción?
Ante este panorama, quién espera que entidades financieras, políticos, gobernantes, maestros, policías, jueces, o cualquiera, sea capaz de decir la verdad.
Todo suceso se relativiza y luego se judicializa, con el consecuente colapso del sistema, para tratar de seguir mintiendo y recibir la razón, a pesar de los pesares. Sin olvidar la pertinente indemnización. ¡Que de algo hay que vivir!
Bueno. Creo que ha quedado un poco negativo, pero en general vemos retazos que son cercanos a cada uno de nosotros estos días.
El problema a mi juicio, está en que realmente hemos suspendido una asignatura transversal: “la familia”. Y con la propia crisis familiar, la crisis de la persona.
Asignatura transversal, es un concepto que, si no estoy equivocado, indica que cruza el resto de asignaturas de forma indirecta, dando consistencia al conjunto.
Porque una familia es la primera organización donde dos personas se encuentran. Y donde da lugar la incorporación a la sociedad de nuevos miembros de la familia, nuevas personas, que luego se agregan a la sociedad.
Los valores del descubrimiento personal se forjan en el conocimiento propio, y en el descubrimiento de nuestros seres queridos en la familia. Nos descubrimos en los demás. En los demás que nos quieren, sin intercambio de intereses, que corromperían ese conocimiento.
Esos valores aprendidos en la familia, los querremos ver reflejados en la sociedad, en el servicio a los demás, la justicia debida, el respeto a los demás y la tolerancia a los que no son iguales que nosotros.
Hemos suspendido, olvidando que lo importante son las familias. Que no puede haber recta sociedad si se excluye de todo a la familia.
Amparados en lo social, se ha cerrado los ojos a las familias, para llevar a cabo fines individuales, impuestos a todos.
Lo más natural es que hombre y mujer se emparejen, para compartir un proyecto familiar común, donde nacerán los hijos. Con espíritu de continuidad en estos, con espíritu de respeto entre todos los miembros de la familia. Con intención de fidelidad a los valores que se comparten. Donde la libertad y la responsabilidad encuentran un equilibrio que es aprendido de forma natural.
Hay quien pensará que esto es imposible, principalmente porque no quieren abandonar sus “valores individuales”. Estos tienen que ser respetados, por su puesto, pero no a costa de olvidar a la familia.
Lo que resulta realmente imposible, es satisfacer todos y cada uno de los “valores individuales” de cada persona que existe. Y seriamos necios si nos creyésemos esto. Porque solo dará lugar, pronto o tarde, a la imposición de unos sobre otros.
Hay que partir de aquellos valores que por naturaleza nos son dados, y que con un poco de honesta observación podemos intuir en la familia.
El resto, habrá que respetarlos, pero no imponerlos.
Necios seriamos también, si no fuésemos conscientes de nuestra tendencia al individualismo.
Pero locos desesperados si no intentamos transmitir a la sociedad los valores familiares.
¿No sería mejor una economía más preocupada en solucionar los problemas, como se hace solidariamente dentro de una familia? En lugar del sálvese quien pueda, a ver quien cae, o que votos puedo ganar en esta circunstancia.
¿No es mejor que los padres tengan la libertad y capacidad de transmitir aquellos valores que creen buenos para sus hijos? A imponer al vecino los propios, sin pensar que puede opinar lo contrario.
¿No sería mejor que los chavales aprecien que quien se esfuerza, crece en todos los sentidos, y que el propio esfuerzo, es parte del respeto debido a los demás que quieren lo mejor para nosotros?
¿No es deseable que los políticos se constituyan en verdaderos servidores públicos, con una lícita retribución que impida la tentación de la corrupción?
Podrá ser idealista, pero mejor que como estamos ahora, seguro.



